El debate sobre la privacidad siempre ha estado ligado a la tecnología. Las primeras discusiones se plantearon a finales del siglo XIX y se debieron a la invención de la fotografía. Una cosa es que corra el rumor de que has estado con el profesor Moriarty, y otra muy distinta que aparezca una foto de la reunión en la prensa tabloide. A lo largo del siglo XX, la intimidad fue intensificando su estatus legal hasta llegar a considerarse en muchos países como uno de los derechos humanos. “Todo el mundo tiene derecho al respeto de su vida privada y familiar, su casa y su correspondencia”, se puede leer en el Convenio Europeo de Derechos Humanos, redactado en 1950. Ya en los años ochenta, la incipiente digitalización llevó a incluir los datos personales bajo el paraguas de la protección legal. Los historiales médicos han sido el mejor ejemplo.
Cómo han cambiado las cosas. La privacidad se ha convertido en poco menos que una manía de boomers, si hemos de fiarnos de lo mucho que le resbala el concepto a la generación Z y siguientes. Los jóvenes han percibido con claridad que la intimidad no existe; sobre todo porque la tecnología la hace imposible, aunque también por la epidemia de exhibicionismo en la que vivimos anegados. También habrán ayudado las pelis de espías de Jason Bourne para acá, donde vemos a un grupo de operarios de la CIA en Langley (Virginia, EE UU) que pueden localizar a cualquier persona en cualquier aeropuerto o estación de tren del mundo en cuestión de segundos. Estas secuencias han sido hasta ahora una exageración, sin duda, pero están a punto de dejar de serlo. Que Anthropic se haya negado a facilitar al Pentágono los sistemas necesarios para la vigilancia masiva revela que esos sistemas ya han saltado a la estantería de no ficción.
Hay ahora mismo 14.000 satélites comerciales en órbita baja, y juntos pueden observar en tiempo real casi toda la superficie de la Tierra. Un directivo del sector ha descrito ese enjambre como un “globo vivo”, porque permite a los gobiernos y a las empresas ver cualquier cosa que esté cambiando en el mundo en cada momento. No sé si “globo vivo” es una buena metáfora, pero quizá ofrece una idea impresionista de una especie de medusa que envuelve a la Tierra percibiéndolo todo con sus 14.000 ojos. Si pretende ser una idea perturbadora, eso es justo lo que consigue.
Vantor Holdings, una compañía de software basada en Westminster (Colorado) y que ofrece servicios de inteligencia y observación terrestre con fines de defensa, espionaje y comercio, hace mapas 2D y 3D de casi toda la superficie de la Tierra, actualizados cada vez que el cliente lo considera necesario. Y tiene toda esa cobertura con solo 10 satélites en órbita baja. HawkEye 360, otra firma con sede en Herndon (Virginia), utiliza 30 satélites para detectar transmisiones de radio, sobre todo entre barcos, y cubre cada punto del planeta una vez a la hora. Parte de sus archivos son públicos desde abril, por cierto. Otras compañías detectan cualquier alteración del sistema GPS, sobre todo para usos militares. Y hay redes de satélites dedicados a verificar los tratados de desarme nuclear por el simple procedimiento de contar los misiles. El “globo vivo”, la medusa de los 14.000 ojos, es un actor geopolítico en sí mismo. No sabes si añorar los tiempos orwellianos en que eran los gobiernos quienes nos vigilaban.
No, amigos, la intimidad no existe. Es un mito del siglo XX. Vivimos todos en un panóptico de triangulación de repetidores telefónicos, geolocalización por satélite, mensajes no tan encriptados, gustos y compras y viajes y hábitos detectados, computados y monetizados. Lo único que nos puede salvar del desnudo integral es que no le interese a nadie.